lunes, agosto 27, 2007

Uno rápido

¿Por qué se le llama Historia Universal a la historia de Occidente? Esa que empieza con los Griegos, sigue con los Romanos, las Invasiones Bárbaras, la Baja Edad Media (europea), la Alta Edad Media (europea), la Edad Moderna y la Edad contemporánea, europeas ambas pero con artistas invitados (colonias, antiguas colonias que se independizaron, y japón, como parte integrante del eje del mal, entre otros) que no son sino aliados y enemigos de aquellas guerras que se llevaron a cabo cuando la propia Europa ya se quedó pequeña -o arrasada.

¿Por qué esa concepción tan chovinista por la que la historia del mundo es la historia de Europa?

Hoy en día la potencia dominante es Estados Unidos, pero su cultura heredada, la oficial, no es otra que la europea; un poco mestiza tal vez pero las líneas maestras son del viejo continente.

Qué pasará cuando los chinos salten todos a la vez y muevan La Tierra de su órbita. Cuando sean los nuevos amos del mundo. No sabemos nada de la historia de China. Para la Historia Universal China es una civilización antiquísima que data de más de 2000 años antes de Cristo y que comienza su occidentalización en el periodo colonial (Guerras del Opio, mediados del XIX). Para la Historia Universal en esos 3000 años no pasa nada. Una contínua sucesión de Dinastías en un escenario homogéneo en el que no deviene cambio alguno.

Vamos a comprobarlo: trata de imaginar a un campesino chino, a un emperador chino y a un soldado chino de la Dinastía Tang (618-906). Ahora trata de imaginar a los mismos individuos pero contemporáneos a la Dinastía Ming (1368-1644) o a la Dinastía Qing (1644-1912), da igual. ¿Se diferencian en algo?. Me imagino que los tres campesinos llevan un sombrero de paja cónico atado debajo de la barbilla; que los tres emperadores lucen una larguísima trenza negra, la frente afeitada y las manos (con largas uñas) ocultas en las mangas; y que los soldados son samurais, que no son chinos, sino japoneses.

Este señor este de aquí es Genghis Khan. Por la imagen, seguro que dirías que es chino. Y además, basándote únicamente en la imagen, dudo de que fueras capaz de situarlo en el tiempo. Otra cosa es que seas muy list@ y/o cult@ y sepas que este señor vivió a caballo entre los siglos XII y XIII, y que no era chino, sino mongol. Lo dice la Wikipedia.

Año 2079. El profesor de Historia Universal pregunta a sus alumnos:

- A ver niños, las dinastías chinas.

Y toda la clase al unísono:

- Xia, Shang, Zhou, Qin, Han, Xin, Jin, Sui, Liang, Tang, Zhou, Song, Liao, Xia, Jin, Yuan, Ming y Quing.

Igual, igual que los afluentes del Ebro.

Que Dios nos coja confesados.

domingo, agosto 26, 2007

La gran aventura

Agosto es igual para todos. Para los que trabajamos bajo el calor -supuesto calor el de este año- del mes más cálido del calendario, también. Es por eso que el ritmo de posteo ha decelerado. Por eso y porque desde que volví de Cuba no tengo claridad ni lucidez de pensamiento. Me desenvuelvo en un magma de ideas abocetadas con poca capacidad de profundizar.

Así que considerándolo seriamente, y ante la nefasta posibilidad de perder a mis escasísimos lectores -muchísimas gracias Anita por el apoyo constante- me he decidido a compartir mi nada con todos vosotros. Aquí os dejo un ejercicio de estilo vacuo y vacío. Como un disco publicado en la década posterior a la década en que el artista disfrutó de gloria.

En Agosto he seguido masticando Cuba (todavía sigo, con la entrevista de Ignacio Ramonet a Fidel, con los diarios del Che, con el documental Comandante de Oliver Stone, la biografía de José Martí...) que no puedo quitármela de la cabeza. La visión de mi mundo -primer mundo lo llaman- se ha oscurecido. No es que antes no fuera consciente de las desigualdades y del canibalismo capitalista, pero es que ahora no podría perdonarme mirar para otro lado. Se impone la acción. Aunque no sé como. De momento me declaro en huelga de consumo.

Y seamos prácticos, si la huelga de consumo consigue liberarme de las esclavitudes capitalistas (Dios... hablo como un utópico) veré como en poco tiempo mis recursos económicos se amontonan en mi cuenta naranja, me veré nadando en la abundancia, como una suerte de Tío Gilito con bigote en vez de pico. Y qué hacer entonces. Cómo dar salida a semejante cifra de ceros a la derecha. Mejor, cómo rebelarse dentro del sistema y aprovecharse de ese mismo sistema en beneficio propio (lo siento, sigo siendo un individualista a ultranza).

Y ahí es cuando llega algo que me da vueltas desde que una amiga dejó su tienda de vasos y a su novio para dar la vuelta al mundo. Mi next big thing. Dejarlo todo y viajar durante un año. En eso estamos, en diseñarme un nuevo sistema de existencia monacal -aunque feliz, no perdamos la ilusión- que me permita dar la vuelta al mundo dentro de 10-12 meses.

¿Es una idea feliz que se vendrá abajo en cuanto un día no me apetezca cocinarme un puré de calabaza y desee como un loco atiborrarme de sushi en mi restaurante japonés favorito? ¿Acaso el Otto hippy, acuarísimo e ingenuo, auspiciado por Marte al entrar en la casa de Saturno, está tomando las riendas aburrido de no desaparecer por completo y le hace la guerra (esquizofrénica) y no el amor (coherente) al Otto burgués? ¿O quizá el Otto burgués se descojona mientras, condescendiente, permite a su némesis creer que es alguien?

De momento la idea del monje feliz ilusiona a Otto. Y eso, muy probablemente, es porque, de momento, no deja de ser algo que sucede en el plano de lo ideal. Un bonito bodegón.

Y sigue La gran aventura.

domingo, agosto 12, 2007

Apuntes sobre Cuba 3: Trinidad

Hace ya 4 semanas que volví de Cuba. Un mes en occidente. Todo empieza a desdibujarse: las fotos quedan flotando, inconexas, mientras, los momentos entre una y otra se deshacen poco a poco. O se rehacen arbitrarios. Prerrogativas de la memoria.

A Trinidad llegamos los 4 (Vidal, Rafa, Jason y yo) por la mañana. Buscar alojamiento no fue fácil, ya que viajábamos con cubanos y a ellos no querían hospedarlos. Al final encontramos una habitación con una cama de matrimonio y otra supletoria y allí nos quedamos. La casa la regentaban Amparo y Raquel, 2 benditas negras que nos trataron estupendamente.

Amparo y Raquel.


Una vez dejamos los bártulos nos fuimos para Tope de Collantes, una garganta impresionante que acababa en una cascada sacada del mismísimo paraíso, el Salto de Caburní. Casi parecía una piscina cubierta por el efecto que la gigantesca pared de piedra producía sobre el agua. Ésta crecía como unos 120 metros sobre la poza y se inclinaba al final hacia delante. El espectáculo era impresionante.

La excursión era larga. Si bajar ya nos había costado lo nuestro imaginaos lo que fue subir. Yo creo que generé poros nuevos para poder sudar lo que en ese momento mi cuerpo necesitaba. Cuando llegamos a Trinidad estábamos deshechos. Queríamos salir a tomar algo, pero fue imposible.

Vidal volvió a La Habana aquella misma mañana. No le habían hecho cambio de guardia y no tuvo más remedio que volver a La Habana a trabajar.

El plan del día siguiente consistía en ir a Playa Ancón. Nuestro primer baño en el Caribe. No sé si ese imaginario colectivo que todos compartimos, basado en fotos de Cancún o Punta Cana, donde las palmeras se inclinan paralelas a una arena blanca y fina y el mar es un degradado perfecto de verde esmeralda a azul ultramar, como digo, no sé si fue esa referencia la culpable de que Playa Ancón me decepcionara, pero el caso es que aquella playa -que sí tenía blanca la arena y transparente el mar- me pareció insulsa, algo ajeno a toda gracia.

El Caribe es un gran cuenco de sopa, caliente y calmado, donde el agua baña la orilla con un movimiento mínimo de fluído. Es un entorno apacible y sin sobresaltos, un mar burgés lleno de especies marinas sorprendentes. Y burguesas. Tuvimos la suerte de comprobarlo con nuestros propios ojos. Contratamos un catamarán que nos llevó hasta una barrera de coral donde hicimos snorkling (buceo con tubo). Aquello fue como estar en un documental de esos que ponen en La2 después de comer. A pesar de que acabé escocido (los corales, aunque parezcan rocas, están vivos y segregan una sustancia urticante que impregnó mis muslos al sentarme sobre uno) la experiencia fue increíble.

Volvimos a Trinidad a la hora de comer (o del almuerzo como dicen allí). Comimos, siesteamos y dejamos correr las horas imposibles que van desde el mediodía hasta las 6 la tarde. Trinidad es una ciudad preciosa. Un rincón colonial por la que parece que no han pasado los siglos. Con tantas actividades no habíamos tenido tiempo de sacarle fotos, así que a eso me entregué el resto de la tarde: a poseer aquello que se escapa.












Trinidad. Entre las 18:00 y las 20:00.


Y llegó la hora de cenar. Aquel día yo me desvirgué dos veces: me bañé en el Caribe y comí langosta, ambas cosas por primera vez en mi vida. Y la langosta no me decepcionó en absoluto. Nos la prepararon a la brasa y a mí, que soy de buen llantar y mejor beber, me pareció algo exquisito.

Volvimos a intentar dejarnos ver en la noche triniteña, pero otra vez resultó tarea imposible. Tanto aletear en el Caribe detrás de peces de colores nos había dejado exhaustos. Así que después de ver un poco el espectáculo musical -lleno de turistas- que se hacía, como todas las noches, en las escaleras de la Plaza Central, no nos quedó más remedio que recogernos pronto e ir a desmayarnos a la casa de Amparo y Raquel. Al día siguiente madrugábamos. Volvíamos a La Habana.

Vidal, supongo que queriendo agradecernos el viaje a La Ferrolana, nos invitó a quedarnos en su casa hasta que nos fuéramos. Llegamos allí al mediodía. Por la tarde Jason y yo fuimos a comprar algún detalle para Carlos y Bibian (y Oneida y Leticia), los dueños de la primera casa en la que nos alojamos, y, por supuesto, algo para Vidal. El regalo de Carlos y Bibian era fácil, algo tipo bombones. Lo de Vidal era más complicado. Nos encontramos, casualmente, con un amigo suyo al que pedimos opinión. Y nos dijo:

- Lo que necesita es dinero.

Nosotros no teníamos intención de darle dinero. Así se lo dijimos.

- Claro, para ustedes, con su mentalidad primermundista, dar dinero es algo fuera de lugar, grotesco incluso. Pero para él no. Lo que realmente quiere es dinero para comprar cemento, para poder acabar su casa.

Ok. Pues cemento. Y eso hicimos. Cojimos un taxi y nos fuimos a buscar cemento por La Habana. No creo que sea lo más habitual que dos yumas (guiris), como éramos Jason y yo, se suban a un taxi y pregunten que dónde pueden comprar cemento. Costó un poco pero lo encontramos. No era muy caro, pero sí muy pesado. 2 bolsas de 56 kilos cada una.

Llegamos a casa de Vidal con la sorpresa -que casi nos cuesta una hernia- y al principio a él le pareció tan fuera de lugar como a nosotros (aunque nuestras reticencias habían desaparecido después del consejo de su amigo). No fue hasta el día siguiente que nos agradeció el regalo con sinceridad. Así que en un principio nosotros pensamos que la habíamos cagado.

Cenamos en casa de Vidal y luego nos fuimos los 4 a La Zorra y El Cuervo, un garito de Jazz en el Vedado. No sé que pasó al entrar que hubo cierto desencuentro y eso marcó el resto de la velada. Incluso entre Jason y yo. Jason se iba al día siguiente y yo decidí que los días que me quedaban en La Habana los iba a hacer a mi aire. Agradecía mucho el gesto de Vidal, pero prefería que mis últimos días en Cuba, fueran míos y sólo míos.

Y sólo míos van a ser, porque hasta aquí voy a escribir. Que sea la memoria por dentro y sin verbo la que haga y deshaga a su antojo.

El próximo post, por fin, cambia de tema.