Viajar en Cuba, dentro de Cuba puede convertirse en una empresa difícil y tediosa. A unas carreteras monótonas y desiertas (por lo menos la autovía de La Habana a Satiago de Cuba lo era) hay que sumarle una variedad de coches reducida a Chevrolets de los 50 (con 50 años de remiendos, parches y ñapas), durísimos Ladas soviéticos y pequeños utilitarios europeos más modernos. Rectas infinitas sobre el llano de la isla salpicadas de algún que otro cartel revolucionario y un pavimento caluroso y gris, sin marcas viales.
Carretera de La Habana a Santiago de Cuba.
Dariel, un cubano guapo y enorme, nos llevó a los 4 (Rafael, Vidal, Jason y yo) a través de un paisaje siempre verde y exuberante aunque no frondoso. 350 kilómetros de La Habana a Sancti Espíritus en 6 horas largas.
Rafael y Jason durmiendo en el trayecto.
Nos dirigíamos a la casa de los padres de Vidal en La Ferrolana, una pequeña aldea adscrita al municipio de La Sierpe en la provincia de Sancti Espíritus. Él llevaba 2 años sin ir. Para nosotros, turistas, viajar dentro de Cuba puede ser una empresa difícil y tediosa, como he dicho, pero para un cubano, esta empresa cobra tintes de inviabilidad. Un ejemplo: Rafael, 40 años, tan sólo había salido una vez fuera de La Habana, a Matanzas (ni 100 km al este). Y es que el apartheid en Cuba existe. Por un lado, la Cuba del arroz y los frijoles, la de los cubanos. Por otro, la Cuba del daikirí en la Floridita o del mojito en la Bodeguita del Medio, la Cuba de Varadero y los Cayos del Norte, la Cuba de los turistas internacionales que con sus divisas mantienen ese sueño caduco y mal aplicado que es la revolución cubana.
La Ferrolana fue el mejor regalo que Vidal podía hacernos: Cuba fuera de las ciudades. Por dentro. De primera mano. Donde el turismo no llega o donde el turista no es una oportunidad con piernas y mal gusto.
Era de noche cuando llegamos. Una línea de casas (no más de 15) de una sola altura frente a la carretera. Nos detuvimos frente a la penúltima -si vas de Sancti Espíritus a La Sierpe. Estaba muy oscuro porque no había ningún tipo de alumbrado público. A la entrada de la casa, en el exterior, recortados en la luz que venía desde la puerta, un pequeño grupo de personas nos esperaban. Eran cuerpos indefinidos, que se acercaban a saludarnos en la oscuridad. Sus voces alegres eran la única pista sobre su sexo o edad, aunque todo se mezclaba y nunca sabías quién te saludaba. De repente, el contacto de una mejilla desconocida con la tuya. Una vez. Y otra.
- Hola.- Y un beso, que es como allí se saluda la gente. Un beso. No dos como aquí. Es probable que la inutilidad de ese segundo beso nacional tan redundante lo hiciera extinguirse en algún momento de los últimos 500 años, o tal vez se hundió en el Atlántico con alguna carabela que no volvió.
Entre todo ese revuelo, Marta, la madre de Vidal y Chino, su padrastro. Nos hicieron pasar dentro y nos llevaron a nuestra habitación, mientras nos cogían a Jason y a mi de la mano o alargaban sus brazos alrededor de nuestros hombros con plena confianza, como si siempre hubiésemos sido de la familia. Nos alojaron en la mejor habitación de la casa. Luego nos enteramos que la había construido Vidal. La casa entera.
Chino, Marta (La Vaca Que Habla) y Vidal.
Una imagen lynchiana: mientras me duchaba echándome cazos de agua sobre la cabeza un sapo me miraba desde la ventana.
"Es un mundo extraño".
El sapo lynchiano.
La casa de Vidal, junto con las otras adosadas, formaban un CDR (Comité de Defensa de la Revolución), que en el campo es una comunidad de campesinos organizada. A mi me recordaba a lo que había leído sobre los kibutz en Israel. Los CDRs se formaron en origen para luchar contra la disidencia, eran comunidades de 100 vecinos cuyo presidente informaba a las autoridades de la calidad revolucionaria de sus vecinos, un sistema que convertía a los vecinos en espías y espiados a un tiempo. Con el tiempo estos CDRs han acabado convirtiéndose en comunidades de vecinos al uso, organizaciones sociales que resuelven pequeños problemas cotidianos y velan por el bienestar del vecindario.
En el CDR de Ferrolana la armonía parecía ser el estado natural de convivencia vecinal. Las puertas de las casas están abiertas todo el día, se ayudan, comparten, celebran...
Después de cenar, salimos fuera de la casa -hacía más fresco- y nos sentamos en un banco precario junto con algunos vecinos. Bebimos ron y charlamos. Eran inocentes, ingenuos y bondadosos. Se les veía contentos y satisfechos. No querían nada más. De hecho lo decían. Decían que aquello les gustaba, que no querían, como otros cubanos, irse fuera del país. Y no eran gente inculta y sin estudios, que quede bien claro. Casi todos habían ido a la universidad y algunos trabajaban de maestros, además de en el campo.
Vecinos de La Ferrolana.Disertación de Leticia:
-A mí me gustaría ver todas esas cosas bonitas que hay fuera, la Torre Eiffel o las pirámides de Egipto.- Cuando decía esto su cara se iluminaba. -Pero luego volvería a mi país.
En Cuba, como en todo régimen totalitario que se precie, se ejerce control sobre la población. Si eres cubano es francamente difícil salir del país. Hay muchos libros que no encontrarías jamás en Cuba.
-Aquí no encontrarás libros peligrosos.- Me decía Rafael con sorna. -Sólo libros que piensen bien.
Durante todo el viaje he intentado hacerme una idea de lo que es ese país, de cómo vive la gente en un régimen socialista como el cubano, qué les aporta y qué les quita. He hablado con todos los que he podido, de la revolución, de cómo la ven, de cómo viven, si quieren o no irse de allí. Siempre desde un punto de vista humanista, ajeno a mis propias tendencias políticas -que las tengo- que podrían entorpecer y sesgar mi percepción de ese particular estado de cosas.
Si en los días anteriores que había pasado en La Habana la revolución me había parecido una estafa al pueblo, mi estancia en La Ferrolana hizo de contrapeso, contrarrestando y completando esa percepción inicial. Y es que en el campo, la revolución socialista, parece funcionar.
Por qué en el campo sí y no en la ciudad. En el campo, el contacto con el exterior es escaso, no en cambio en la ciudad, donde sus habitantes se ven continuamente expuestos a estímulos externos, a turistas con sus cámaras de fotos, sus Adidas -recuerdo que Yohainne nos dijo que él quería unas Adidas-, sus espejuelos de sol, etc. En el campo no desean porque no conocen, pero en la ciudad, inevitablemente anhelan lo que sí conocen pero no tienen. El socialismo funciona en el campo porque no compite con nada más, porque los campesinos se ven cubiertos en sus necesidades básicas (sanidad y educación: la clave del régimen cubano), atendidos y protegidos por el régimen.
Es el deseo lo que hace que el socialismo no funcione.
Teniendo en cuenta que las impresiones que yo haya podido hacerme están sesgadas por mi condición de extranjero y por la superficialidad que un viaje tan corto (10 días) imprime a las conversaciones que mantuve; y el hecho de que quien escribe no es un intelectual -en general-, ni un estudioso de la revolución cubana -en particular-; teniendo, como digo, todo esto en cuenta, he llegado a las siguientes conclusiones:
Puede ser que en origen la revolución socialista cubana fuera esencialmente humanista (como lo es el socialismo) y que Fidel, Raúl, el Che y el resto de compañeros de la Sierra Maestra creyeran en la utopía y confiaran en las tesis de Marx según las cuales el capitalismo se devoraría a sí mismo.
Puede que si el socialismo soviético no hubiera sido dirigido durante 31 años por un megalómano de la talla de Stalin, el socialismo internacional habría tenido alguna oportunidad en el mundo. Aunque lo dudo. Sencillamente porque es un sistema que se equivoca en el análisis de la naturaleza humana. No somos iguales, ni queremos serlo. Queremos poseer y disponer conforme al valor que la sociedad nos atribuya. Deseamos y anhelamos por naturaleza. Y es por eso que el capitalismo tiene una ventaja adaptativa frente al comunismo, porque el capitalismo se adapta mejor a la esencia egoísta y ambiciosa del ser humano.
Puede que si el socialismo no hubiera muerto de inanición en Europa, la realidad de la revolución cubana sería otra y no la que es, una realidad siniestra definida por el autismo y la cabezonería.
Puede que si EE.UU., haciendo valer por una vez cuestiones humanitarias, hubiera levantado en los 90 el bloqueo comercial que ejercía -y ejerce todavía- contra Cuba, cuando ya habían desaparecido los regímenes socialistas europeos de los que dependían la mayoría de exportaciones e importaciones cubanas, la economía cubana habría sabido encontrar el camino hacia la sostenibilidad y no el de la supervivencia que es el que se vio forzada a tomar.
Todo podría haber sido de otra manera, pero a día de hoy, en 2007, Cuba es un país anclado, no, mejor dicho, encallado en la historia. Un país viejo y acabado, desecho y destruido.
La revolución ha fracasado.
El proyecto revolucionario no se sostiene en un mundo globalizado. Un mundo caracterizado por el corporacionismo y la desigualdad social a escala internacional que provoca, por la ferocidad depredadora con que se hace negocio, por los graves problemas de sobrepeso inconsciente y por el individualismo obsesivo de sus gentes; pero, por otro lado, también lleno de oportunidades de desarrollo económico y social REAL para el mundo en su conjunto. No es el sistema el que falla, sino la mentalidad con que se aplica.
Aunque, todo hay que decirlo, también hay logros en la revolución cubana. Cuba es una superpotencia médica, que solidariamente exporta sus médicos en crisis humanitarias internacionales. Ha erradicado el analfabetismo y tiene el índice más bajo de violencia urbana de toda Sudamérica. En Cuba, un país cuya población está compuesta por blancos, negros y trigueños (mestizos), no hay racismo de ningún tipo. Y lo que más nos sorprendió tanto a Jason como a mí: el fuerte sentido de comunidad que tienen, su espíritu colectivo, que contrasta mucho con el individualismo exacerbado al que nosotros estamos acostumbrados y que sin duda nos define.
Cuba, bueno, los cubanos, que son los que hacen Cuba, se merecen algo mejor que lo que tienen. De eso no hay duda. Se merecen no tener que hacer malabarismos para cubrir sus necesidades básicas -y las no tan básicas aunque sí necesarias. Merecen una libertad real garantizada por una democracia que no controle sus movimientos.
Y bueno, hasta aquí el rollo. Sigo con el viaje.
A la mañana siguiente nos levantamos bien pronto. Íbamos a acompañar a Vidal a saludar a sus conocidos, a los que hacía 2 años que no veía. Aquello fue nuestro National Geographic particular. Os lo cuento en imágenes que, como dicen, valen más que mil palabras.
Vidal y su sobrina caminan por la aldea.

Las jimaguas (gemelas).
El niño que no hablaba.
Doña Luisa.
Las cuidadas manos de Doña Luisa.
Después vino Adonis a buscarnos en su Lada azul. Adonis era el taxista que cogimos en Sancti Spiritus. Iba a estar con nosotros los 3 días que durase nuestro viaje por el sur, aunque el último día nos dejó tirados. Algo debió de molestarle. Yo siempre le llamaba Andoni, qué cosas.
Primer destino, la Torre Inclinada, antes de llegar a Trinidad. Una torre construida por el señor, dueño de aquellas tierras, para poder vigilar sus dominios. Desde allí se veían todos sus dominios: el llano, la casa señorial, los barracones de los esclavos y los
ingenios -los bienes de producción, propiedad del señor, con el que los esclavos realizaban el trabajo rural y la producción del azúcar. No vivían mal los señores, no.
Allí probamos el guarapo. Es una bebida que se extrae directamente al prensar la caña de azúcar. Parece agua sucia y su aspecto no invita demasiado a tomártelo, pero resulta una bebida dulce muy refrescante.
De allí a Trinidad, que estaba a un paso, aunque eso os los cuento otro día porque tanta paja mental sobre la revolución ha acabado conmigo.