Por primera vez, y sin que sirva de precedente, La Vida con Eco hace referencia a nombres auténticos sin "tonificar". El de tod@s l@s cuban@s que conocimos allí. Como homenaje a ellos. El activo más importante de nuestra aventura cubana.
Después de 22 horas despierto y haber superado una pequeña serie de obstáculos -entre ellos un pasaporte express, y una carrera contrarreloj de la Terminal D a la A en el aeropuerto Charles DeGaulle- llego definitivamente a la Habana.
Inmigración parece Ellis Island a principios del S.XX. Largas colas y un lento goteo de personas frente a las autoridades encargadas de observar pasaporte y, sobre todo, visados en regla (a 35 euros de vellón cada uno). Luego a la cadeca (caja de cambio) a conseguir ese extraño concepto monetario dispar y dislático llamado CUC o peso convertible. Es curioso, en los festivales de música, después de hacer una cola eterna para entrar, cambias dinero real por dinero de juguete con el que puedes consumir dentro del recinto. Cuba funciona igual, pero a escala estatal. Cuando cambio mis euros por pesos convertibles (1 euro - 1,2 pesos convertibles) me imagino a Fidel frotándose las manos y diciendo -Pasad, pasad niños.- mientras sonríe maliciosamente.
Al salir del aeropuerto José Martí, el sol de la tarde nos saluda a Jason Pana y a mí. La humedad es densa y notas como entra, física, en tus pulmones. Hace calor. Mi primer cigarro en 14 horas.
Los primeros días nos alojamos en Centro Habana, en casa de Carlos y Bibian. El primer contacto con cubanos, si no tenemos en cuenta al taxista que creo que intentó -y consiguió- timarnos. Son amables, de verbo fácil y rápido. Atentos. Sonríen con mucha facilidad, sobre todo ella. Conocemos también a la abuela, una señora deliciosa y llena de vida que parece mayor que el tiempo, Oneida.
Carlos, Bibian y su hija Leticia.La Habana en general, y Centro Habana en particular es un buen indicador de la salud del régimen: todo se cae a pedazos y no hay nada con qué arreglar las ruinas.
Balcón en la Calle Neptuno. Centro Habana.
Taxi en reparaciones. Centro Habana.A La Habana -puerto internacional desde donde se exportaba a España el oro y la plata de las Américas primero, y azúcar al mundo después- se le nota, a pesar de las fachadas desconchadas y de la piedra sin brillo, un pasado glorioso: preciosos palacetes coloniales empapuzados en mármol de Carrara, delicado Art Noveau, edificios a imagen y semejanza de las vanguardias incipientes del Viejo Mundo, adoquinado de piedra -e incluso madera en algunos rincones de la Habana Vieja...
Rafael, nuestro amigo cubano, nos dijo que La Habana era como una vieja ricachona, llena de joyas preciosísimas pero derrotada por la belleza ausente y el tiempo, apenas un reflejo, una imagen trágica y cómica de su antiguo esplendor.
Fachada. Centro Habana junto a Universidad.También nos dijo que la Habana era una ciudad levantada con mimo y amor.
Rafael y Vidal. Nuestros amigos y anfitriones. Los conocimos la primera mañana que pasamos en La Habana. Rafael, culto y de gustos exquisitos frustrados por el feísmo y la uniformidad del régimen. Vidal, de orígen campesino, una fuerza de la naturaleza en cuanto a voluntad y autorrealización. El viaje hubiera sido distinto sin ellos. Habríamos hecho un viaje de yumas, que es como los cubanos llaman despectivamente a los turistas; viene a significar lo mismo que nuestro españolísimo guiri. Gracias a ellos pudimos conocer y viajar por la Cuba de los cubanos.
Rafael y Vidal + personaje censurado.Esa mañana, Rafael nos llevó al Museo de Arte Cubano, concretamente a la sala de los pintores de vanguardia. Vanguardia cubana. Contemporánea a las vanguardias históricas europeas pero distinta, y mucho, en forma y contenido. Esta vanguardia, al igual que la europea, explora nuevos lenguajes pictóricos. La temática, por su parte, es puramente cubana, latinoamericana si acaso. La herencia africana, el mestizaje racial, su historia reciente, sus personajes, son temas que se pasean por los lienzos de la sala. Mi favorito: el retrato de José Martí por Jorge Arche.
José Martí por Jorge Arche.Por la noche, Vidal nos invitó a cenar a su casa. Frente a la bahía de la Habana, al otro lado de la ciudad, en la colina del Castillo del Morro, se levanta un barrio de casas humildes, casi chabolas, llamado Casas Blancas. Vidal vive allí desde hace 15 años. Vino del campo a La Habana y empezó en un pequeño apartamento de unos 35 metros cuadrados. Con el tiempo ha ido construyendo y construyendo. Un corral, una pocilga, otra altura en la vivienda... "Todo lo que ahorro lo gasto en cemento" y todo lo que ahorro, allí, significa mucho esfuerzo y sacrificio. Cenamos en lo que, a partir de Diciembre, será una azotea techada donde habrá dos mecedoras mirando al mar. Cuando lo cuenta la satisfacción de su cara delata que es una meta que está cerca de alcanzar. La vista desde allí es espectacular. Cenamos rico. Lo mejor: el batido de mamei.
La casa de Vidal.
La Habana desde la azotea de Vidal.
La colina de Casas Blancas.Hay fruta alienígena en Cuba. El trópico aporta las condiciones perfectas para que especies de otros planetas germinen allí. Guayabas, frutabomba y mamei son 3 buenos ejemplos de fruits from outter space. El mamei parece de la familia del aguacate. La piel y el hueso son similares, aunque su carne es roja y dulce. Comido al natural está riquísimo, en jugo (zumo en cubano) delicioso y refrescante, y en batido... mmmm... en mi vida tomé algo más rico.
Al día siguiente, Jason Pana y yo nos levantamos dispuestos a conocer El Vedado, el barrio moderno de La Habana, donde se encuentran los mejores hoteles y los organismos gubernamentales del régimen.
Paseamos por el malecón camino de El Vedado y allí conocimos a Luis, un trompretista entrañable que tocaba frente al mar. Tocó algo de Ellington y cantó una Guajira, creo, nos invitó a pasar por el club donde tocaba y nos dió el teléfono de su mujer, profesora de salsa, no sé muy bien por qué. Le dimos 3 pesos. Todo allí funciona así.
Luis tocando en el Malecón.Como íbamos sin plano no entramos por el Vedado a la altura del Hotel Nacional, que es por donde deberíamos haberlo hecho, sino por alguna cuadra antes. Nos perdimos. Nada más preguntar la dirección a la que nos dirigíamos -el cementerio de Colón- ya se ofreció un cubano a acompañarnos. Yohainne.
- Hola, yo me llamo Yohainne, ¿y tú?
- Jason
- Yo Otto
- Encantado de conoceros Jason y Yootto.
Así de simpático era Yohainne. De Granma, donde todos son muy machos y dominan a sus mujeres. Aunque a él parecía dominarle la suya que no le dejaba ver a su hija y lo traía por el camino de la amargura. Nos enseñó la caja de condones que llevaba porque ese día había decidido tirarse a la primera que pasara.
-Estoy harto de mi mujer y voy a chingar con la primera que pase- decía.
Yohainne os saluda.Yohainne pertenecía a una religión cuyo Dios era un hombre, vivía en Miami y se llamaba Jose Luís. No es broma. Sendos tatuajes en los antebrazos lo confimaban.
Nos acompañó al cementerio y a la Plaza de la Revolución, que, todo hay que decirlo, fue una decepción. Nada gloriosa para ser un lugar-símbolo de la Revolución, la plaza desde donde Fidel lanza sus maratonianos discursos. ¿Tan mal están las cosas en ese país que ni siquiera el régimen puede darse bombo y platillo con unos fastos mínimos?
Jason contrariado en La Plaza de la Revolución.En esa misma plaza nos despedimos de Yohainne y nos volvimos para casa, sudados y agotados. En Cuba sudas con sólo pestañear.
Y por la noche, el colofón de nuestro periplo habanero: el Gato Tuerto. Un club de Jazz y música cubana con una atmósfera muy especial. A mi me recordaba al bar de Bogart en Casablanca, un punto de encuentro internacional sofisticado en el que los problemas quedan al otro lado de las puertas. La artista y la banda fueron muy cálidos y bordaron la actuación. A algunos temas cubanos se le sumaron una excelente versión del Mediterráneo de Serrat y un par de bossanovas como La Chica de Ipanema y Pienso que Voy a Amarte que cantaron en portugués. A las 2 nos recogimos. Nos despedimos de Rafael y de unas amigas brasileñas que nos echamos, y nos fuimos a descansar.
A la mañana siguiente viajábamos al sur de la isla.

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