A Trinidad llegamos los 4 (Vidal, Rafa, Jason y yo) por la mañana. Buscar alojamiento no fue fácil, ya que viajábamos con cubanos y a ellos no querían hospedarlos. Al final encontramos una habitación con una cama de matrimonio y otra supletoria y allí nos quedamos. La casa la regentaban Amparo y Raquel, 2 benditas negras que nos trataron estupendamente.
Amparo y Raquel.Una vez dejamos los bártulos nos fuimos para Tope de Collantes, una garganta impresionante que acababa en una cascada sacada del mismísimo paraíso, el Salto de Caburní. Casi parecía una piscina cubierta por el efecto que la gigantesca pared de piedra producía sobre el agua. Ésta crecía como unos 120 metros sobre la poza y se inclinaba al final hacia delante. El espectáculo era impresionante.
La excursión era larga. Si bajar ya nos había costado lo nuestro imaginaos lo que fue subir. Yo creo que generé poros nuevos para poder sudar lo que en ese momento mi cuerpo necesitaba. Cuando llegamos a Trinidad estábamos deshechos. Queríamos salir a tomar algo, pero fue imposible.
Vidal volvió a La Habana aquella misma mañana. No le habían hecho cambio de guardia y no tuvo más remedio que volver a La Habana a trabajar.
El plan del día siguiente consistía en ir a Playa Ancón. Nuestro primer baño en el Caribe. No sé si ese imaginario colectivo que todos compartimos, basado en fotos de Cancún o Punta Cana, donde las palmeras se inclinan paralelas a una arena blanca y fina y el mar es un degradado perfecto de verde esmeralda a azul ultramar, como digo, no sé si fue esa referencia la culpable de que Playa Ancón me decepcionara, pero el caso es que aquella playa -que sí tenía blanca la arena y transparente el mar- me pareció insulsa, algo ajeno a toda gracia.
El Caribe es un gran cuenco de sopa, caliente y calmado, donde el agua baña la orilla con un movimiento mínimo de fluído. Es un entorno apacible y sin sobresaltos, un mar burgés lleno de especies marinas sorprendentes. Y burguesas. Tuvimos la suerte de comprobarlo con nuestros propios ojos. Contratamos un catamarán que nos llevó hasta una barrera de coral donde hicimos snorkling (buceo con tubo). Aquello fue como estar en un documental de esos que ponen en La2 después de comer. A pesar de que acabé escocido (los corales, aunque parezcan rocas, están vivos y segregan una sustancia urticante que impregnó mis muslos al sentarme sobre uno) la experiencia fue increíble.
Volvimos a Trinidad a la hora de comer (o del almuerzo como dicen allí). Comimos, siesteamos y dejamos correr las horas imposibles que van desde el mediodía hasta las 6 la tarde. Trinidad es una ciudad preciosa. Un rincón colonial por la que parece que no han pasado los siglos. Con tantas actividades no habíamos tenido tiempo de sacarle fotos, así que a eso me entregué el resto de la tarde: a poseer aquello que se escapa.












Trinidad. Entre las 18:00 y las 20:00.Y llegó la hora de cenar. Aquel día yo me desvirgué dos veces: me bañé en el Caribe y comí langosta, ambas cosas por primera vez en mi vida. Y la langosta no me decepcionó en absoluto. Nos la prepararon a la brasa y a mí, que soy de buen llantar y mejor beber, me pareció algo exquisito.
Volvimos a intentar dejarnos ver en la noche triniteña, pero otra vez resultó tarea imposible. Tanto aletear en el Caribe detrás de peces de colores nos había dejado exhaustos. Así que después de ver un poco el espectáculo musical -lleno de turistas- que se hacía, como todas las noches, en las escaleras de la Plaza Central, no nos quedó más remedio que recogernos pronto e ir a desmayarnos a la casa de Amparo y Raquel. Al día siguiente madrugábamos. Volvíamos a La Habana.
Vidal, supongo que queriendo agradecernos el viaje a La Ferrolana, nos invitó a quedarnos en su casa hasta que nos fuéramos. Llegamos allí al mediodía. Por la tarde Jason y yo fuimos a comprar algún detalle para Carlos y Bibian (y Oneida y Leticia), los dueños de la primera casa en la que nos alojamos, y, por supuesto, algo para Vidal. El regalo de Carlos y Bibian era fácil, algo tipo bombones. Lo de Vidal era más complicado. Nos encontramos, casualmente, con un amigo suyo al que pedimos opinión. Y nos dijo:
- Lo que necesita es dinero.
Nosotros no teníamos intención de darle dinero. Así se lo dijimos.
- Claro, para ustedes, con su mentalidad primermundista, dar dinero es algo fuera de lugar, grotesco incluso. Pero para él no. Lo que realmente quiere es dinero para comprar cemento, para poder acabar su casa.
Ok. Pues cemento. Y eso hicimos. Cojimos un taxi y nos fuimos a buscar cemento por La Habana. No creo que sea lo más habitual que dos yumas (guiris), como éramos Jason y yo, se suban a un taxi y pregunten que dónde pueden comprar cemento. Costó un poco pero lo encontramos. No era muy caro, pero sí muy pesado. 2 bolsas de 56 kilos cada una.
Llegamos a casa de Vidal con la sorpresa -que casi nos cuesta una hernia- y al principio a él le pareció tan fuera de lugar como a nosotros (aunque nuestras reticencias habían desaparecido después del consejo de su amigo). No fue hasta el día siguiente que nos agradeció el regalo con sinceridad. Así que en un principio nosotros pensamos que la habíamos cagado.
Cenamos en casa de Vidal y luego nos fuimos los 4 a La Zorra y El Cuervo, un garito de Jazz en el Vedado. No sé que pasó al entrar que hubo cierto desencuentro y eso marcó el resto de la velada. Incluso entre Jason y yo. Jason se iba al día siguiente y yo decidí que los días que me quedaban en La Habana los iba a hacer a mi aire. Agradecía mucho el gesto de Vidal, pero prefería que mis últimos días en Cuba, fueran míos y sólo míos.
Y sólo míos van a ser, porque hasta aquí voy a escribir. Que sea la memoria por dentro y sin verbo la que haga y deshaga a su antojo.
El próximo post, por fin, cambia de tema.

2 comentarios:
Es una lástima que no cuentes esos días en soledad, ya que dejas un gusto agridulce de desencuentro. Espero que como balance general hayas disfrutado.
Yo por lo menos te envidio un poquito (envidia de la buena).
Un besete
ASM
algo largos tus apuntes sobre cuba. el final sublime. te felicito.
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