martes, julio 31, 2007

Apuntes sobre Cuba_2: Una noche en La Ferrolana

Viajar en Cuba, dentro de Cuba puede convertirse en una empresa difícil y tediosa. A unas carreteras monótonas y desiertas (por lo menos la autovía de La Habana a Satiago de Cuba lo era) hay que sumarle una variedad de coches reducida a Chevrolets de los 50 (con 50 años de remiendos, parches y ñapas), durísimos Ladas soviéticos y pequeños utilitarios europeos más modernos. Rectas infinitas sobre el llano de la isla salpicadas de algún que otro cartel revolucionario y un pavimento caluroso y gris, sin marcas viales.

Carretera de La Habana a Santiago de Cuba.


Dariel, un cubano guapo y enorme, nos llevó a los 4 (Rafael, Vidal, Jason y yo) a través de un paisaje siempre verde y exuberante aunque no frondoso. 350 kilómetros de La Habana a Sancti Espíritus en 6 horas largas.

Rafael y Jason durmiendo en el trayecto.


Nos dirigíamos a la casa de los padres de Vidal en La Ferrolana, una pequeña aldea adscrita al municipio de La Sierpe en la provincia de Sancti Espíritus. Él llevaba 2 años sin ir. Para nosotros, turistas, viajar dentro de Cuba puede ser una empresa difícil y tediosa, como he dicho, pero para un cubano, esta empresa cobra tintes de inviabilidad. Un ejemplo: Rafael, 40 años, tan sólo había salido una vez fuera de La Habana, a Matanzas (ni 100 km al este). Y es que el apartheid en Cuba existe. Por un lado, la Cuba del arroz y los frijoles, la de los cubanos. Por otro, la Cuba del daikirí en la Floridita o del mojito en la Bodeguita del Medio, la Cuba de Varadero y los Cayos del Norte, la Cuba de los turistas internacionales que con sus divisas mantienen ese sueño caduco y mal aplicado que es la revolución cubana.

La Ferrolana fue el mejor regalo que Vidal podía hacernos: Cuba fuera de las ciudades. Por dentro. De primera mano. Donde el turismo no llega o donde el turista no es una oportunidad con piernas y mal gusto.

Era de noche cuando llegamos. Una línea de casas (no más de 15) de una sola altura frente a la carretera. Nos detuvimos frente a la penúltima -si vas de Sancti Espíritus a La Sierpe. Estaba muy oscuro porque no había ningún tipo de alumbrado público. A la entrada de la casa, en el exterior, recortados en la luz que venía desde la puerta, un pequeño grupo de personas nos esperaban. Eran cuerpos indefinidos, que se acercaban a saludarnos en la oscuridad. Sus voces alegres eran la única pista sobre su sexo o edad, aunque todo se mezclaba y nunca sabías quién te saludaba. De repente, el contacto de una mejilla desconocida con la tuya. Una vez. Y otra.

- Hola.- Y un beso, que es como allí se saluda la gente. Un beso. No dos como aquí. Es probable que la inutilidad de ese segundo beso nacional tan redundante lo hiciera extinguirse en algún momento de los últimos 500 años, o tal vez se hundió en el Atlántico con alguna carabela que no volvió.

Entre todo ese revuelo, Marta, la madre de Vidal y Chino, su padrastro. Nos hicieron pasar dentro y nos llevaron a nuestra habitación, mientras nos cogían a Jason y a mi de la mano o alargaban sus brazos alrededor de nuestros hombros con plena confianza, como si siempre hubiésemos sido de la familia. Nos alojaron en la mejor habitación de la casa. Luego nos enteramos que la había construido Vidal. La casa entera.

Chino, Marta (La Vaca Que Habla) y Vidal.


Una imagen lynchiana: mientras me duchaba echándome cazos de agua sobre la cabeza un sapo me miraba desde la ventana. "Es un mundo extraño".

El sapo lynchiano.


La casa de Vidal, junto con las otras adosadas, formaban un CDR (Comité de Defensa de la Revolución), que en el campo es una comunidad de campesinos organizada. A mi me recordaba a lo que había leído sobre los kibutz en Israel. Los CDRs se formaron en origen para luchar contra la disidencia, eran comunidades de 100 vecinos cuyo presidente informaba a las autoridades de la calidad revolucionaria de sus vecinos, un sistema que convertía a los vecinos en espías y espiados a un tiempo. Con el tiempo estos CDRs han acabado convirtiéndose en comunidades de vecinos al uso, organizaciones sociales que resuelven pequeños problemas cotidianos y velan por el bienestar del vecindario.

En el CDR de Ferrolana la armonía parecía ser el estado natural de convivencia vecinal. Las puertas de las casas están abiertas todo el día, se ayudan, comparten, celebran...

Después de cenar, salimos fuera de la casa -hacía más fresco- y nos sentamos en un banco precario junto con algunos vecinos. Bebimos ron y charlamos. Eran inocentes, ingenuos y bondadosos. Se les veía contentos y satisfechos. No querían nada más. De hecho lo decían. Decían que aquello les gustaba, que no querían, como otros cubanos, irse fuera del país. Y no eran gente inculta y sin estudios, que quede bien claro. Casi todos habían ido a la universidad y algunos trabajaban de maestros, además de en el campo.

Vecinos de La Ferrolana.


Disertación de Leticia:
-A mí me gustaría ver todas esas cosas bonitas que hay fuera, la Torre Eiffel o las pirámides de Egipto.- Cuando decía esto su cara se iluminaba. -Pero luego volvería a mi país.

En Cuba, como en todo régimen totalitario que se precie, se ejerce control sobre la población. Si eres cubano es francamente difícil salir del país. Hay muchos libros que no encontrarías jamás en Cuba.

-Aquí no encontrarás libros peligrosos.- Me decía Rafael con sorna. -Sólo libros que piensen bien.

Durante todo el viaje he intentado hacerme una idea de lo que es ese país, de cómo vive la gente en un régimen socialista como el cubano, qué les aporta y qué les quita. He hablado con todos los que he podido, de la revolución, de cómo la ven, de cómo viven, si quieren o no irse de allí. Siempre desde un punto de vista humanista, ajeno a mis propias tendencias políticas -que las tengo- que podrían entorpecer y sesgar mi percepción de ese particular estado de cosas.

Si en los días anteriores que había pasado en La Habana la revolución me había parecido una estafa al pueblo, mi estancia en La Ferrolana hizo de contrapeso, contrarrestando y completando esa percepción inicial. Y es que en el campo, la revolución socialista, parece funcionar.

Por qué en el campo sí y no en la ciudad. En el campo, el contacto con el exterior es escaso, no en cambio en la ciudad, donde sus habitantes se ven continuamente expuestos a estímulos externos, a turistas con sus cámaras de fotos, sus Adidas -recuerdo que Yohainne nos dijo que él quería unas Adidas-, sus espejuelos de sol, etc. En el campo no desean porque no conocen, pero en la ciudad, inevitablemente anhelan lo que sí conocen pero no tienen. El socialismo funciona en el campo porque no compite con nada más, porque los campesinos se ven cubiertos en sus necesidades básicas (sanidad y educación: la clave del régimen cubano), atendidos y protegidos por el régimen.

Es el deseo lo que hace que el socialismo no funcione.

Teniendo en cuenta que las impresiones que yo haya podido hacerme están sesgadas por mi condición de extranjero y por la superficialidad que un viaje tan corto (10 días) imprime a las conversaciones que mantuve; y el hecho de que quien escribe no es un intelectual -en general-, ni un estudioso de la revolución cubana -en particular-; teniendo, como digo, todo esto en cuenta, he llegado a las siguientes conclusiones:

Puede ser que en origen la revolución socialista cubana fuera esencialmente humanista (como lo es el socialismo) y que Fidel, Raúl, el Che y el resto de compañeros de la Sierra Maestra creyeran en la utopía y confiaran en las tesis de Marx según las cuales el capitalismo se devoraría a sí mismo.

Puede que si el socialismo soviético no hubiera sido dirigido durante 31 años por un megalómano de la talla de Stalin, el socialismo internacional habría tenido alguna oportunidad en el mundo. Aunque lo dudo. Sencillamente porque es un sistema que se equivoca en el análisis de la naturaleza humana. No somos iguales, ni queremos serlo. Queremos poseer y disponer conforme al valor que la sociedad nos atribuya. Deseamos y anhelamos por naturaleza. Y es por eso que el capitalismo tiene una ventaja adaptativa frente al comunismo, porque el capitalismo se adapta mejor a la esencia egoísta y ambiciosa del ser humano.

Puede que si el socialismo no hubiera muerto de inanición en Europa, la realidad de la revolución cubana sería otra y no la que es, una realidad siniestra definida por el autismo y la cabezonería.

Puede que si EE.UU., haciendo valer por una vez cuestiones humanitarias, hubiera levantado en los 90 el bloqueo comercial que ejercía -y ejerce todavía- contra Cuba, cuando ya habían desaparecido los regímenes socialistas europeos de los que dependían la mayoría de exportaciones e importaciones cubanas, la economía cubana habría sabido encontrar el camino hacia la sostenibilidad y no el de la supervivencia que es el que se vio forzada a tomar.

Todo podría haber sido de otra manera, pero a día de hoy, en 2007, Cuba es un país anclado, no, mejor dicho, encallado en la historia. Un país viejo y acabado, desecho y destruido.

La revolución ha fracasado.

El proyecto revolucionario no se sostiene en un mundo globalizado. Un mundo caracterizado por el corporacionismo y la desigualdad social a escala internacional que provoca, por la ferocidad depredadora con que se hace negocio, por los graves problemas de sobrepeso inconsciente y por el individualismo obsesivo de sus gentes; pero, por otro lado, también lleno de oportunidades de desarrollo económico y social REAL para el mundo en su conjunto. No es el sistema el que falla, sino la mentalidad con que se aplica.

Aunque, todo hay que decirlo, también hay logros en la revolución cubana. Cuba es una superpotencia médica, que solidariamente exporta sus médicos en crisis humanitarias internacionales. Ha erradicado el analfabetismo y tiene el índice más bajo de violencia urbana de toda Sudamérica. En Cuba, un país cuya población está compuesta por blancos, negros y trigueños (mestizos), no hay racismo de ningún tipo. Y lo que más nos sorprendió tanto a Jason como a mí: el fuerte sentido de comunidad que tienen, su espíritu colectivo, que contrasta mucho con el individualismo exacerbado al que nosotros estamos acostumbrados y que sin duda nos define.

Cuba, bueno, los cubanos, que son los que hacen Cuba, se merecen algo mejor que lo que tienen. De eso no hay duda. Se merecen no tener que hacer malabarismos para cubrir sus necesidades básicas -y las no tan básicas aunque sí necesarias. Merecen una libertad real garantizada por una democracia que no controle sus movimientos.

Y bueno, hasta aquí el rollo. Sigo con el viaje.

A la mañana siguiente nos levantamos bien pronto. Íbamos a acompañar a Vidal a saludar a sus conocidos, a los que hacía 2 años que no veía. Aquello fue nuestro National Geographic particular. Os lo cuento en imágenes que, como dicen, valen más que mil palabras.

Vidal y su sobrina caminan por la aldea.


Las jimaguas (gemelas).


El niño que no hablaba.


Doña Luisa.


Las cuidadas manos de Doña Luisa.


Después vino Adonis a buscarnos en su Lada azul. Adonis era el taxista que cogimos en Sancti Spiritus. Iba a estar con nosotros los 3 días que durase nuestro viaje por el sur, aunque el último día nos dejó tirados. Algo debió de molestarle. Yo siempre le llamaba Andoni, qué cosas.

Primer destino, la Torre Inclinada, antes de llegar a Trinidad. Una torre construida por el señor, dueño de aquellas tierras, para poder vigilar sus dominios. Desde allí se veían todos sus dominios: el llano, la casa señorial, los barracones de los esclavos y los ingenios -los bienes de producción, propiedad del señor, con el que los esclavos realizaban el trabajo rural y la producción del azúcar. No vivían mal los señores, no.

Allí probamos el guarapo. Es una bebida que se extrae directamente al prensar la caña de azúcar. Parece agua sucia y su aspecto no invita demasiado a tomártelo, pero resulta una bebida dulce muy refrescante.

De allí a Trinidad, que estaba a un paso, aunque eso os los cuento otro día porque tanta paja mental sobre la revolución ha acabado conmigo.

lunes, julio 23, 2007

Apuntes sobre Cuba_1: La Habana

Otto tiene pensado dividir el relato del viaje a Cuba en 3 ó 4 apartados que irá publicando según los vaya redactando.
Por primera vez, y sin que sirva de precedente, La Vida con Eco hace referencia a nombres auténticos sin "tonificar". El de tod@s l@s cuban@s que conocimos allí. Como homenaje a ellos. El activo más importante de nuestra aventura cubana.


Después de 22 horas despierto y haber superado una pequeña serie de obstáculos -entre ellos un pasaporte express, y una carrera contrarreloj de la Terminal D a la A en el aeropuerto Charles DeGaulle- llego definitivamente a la Habana.

Inmigración parece Ellis Island a principios del S.XX. Largas colas y un lento goteo de personas frente a las autoridades encargadas de observar pasaporte y, sobre todo, visados en regla (a 35 euros de vellón cada uno). Luego a la cadeca (caja de cambio) a conseguir ese extraño concepto monetario dispar y dislático llamado CUC o peso convertible. Es curioso, en los festivales de música, después de hacer una cola eterna para entrar, cambias dinero real por dinero de juguete con el que puedes consumir dentro del recinto. Cuba funciona igual, pero a escala estatal. Cuando cambio mis euros por pesos convertibles (1 euro - 1,2 pesos convertibles) me imagino a Fidel frotándose las manos y diciendo -Pasad, pasad niños.- mientras sonríe maliciosamente.

Al salir del aeropuerto José Martí, el sol de la tarde nos saluda a Jason Pana y a mí. La humedad es densa y notas como entra, física, en tus pulmones. Hace calor. Mi primer cigarro en 14 horas.

Los primeros días nos alojamos en Centro Habana, en casa de Carlos y Bibian. El primer contacto con cubanos, si no tenemos en cuenta al taxista que creo que intentó -y consiguió- timarnos. Son amables, de verbo fácil y rápido. Atentos. Sonríen con mucha facilidad, sobre todo ella. Conocemos también a la abuela, una señora deliciosa y llena de vida que parece mayor que el tiempo, Oneida.

Carlos, Bibian y su hija Leticia.


La Habana en general, y Centro Habana en particular es un buen indicador de la salud del régimen: todo se cae a pedazos y no hay nada con qué arreglar las ruinas.

Balcón en la Calle Neptuno. Centro Habana.


Taxi en reparaciones. Centro Habana.


A La Habana -puerto internacional desde donde se exportaba a España el oro y la plata de las Américas primero, y azúcar al mundo después- se le nota, a pesar de las fachadas desconchadas y de la piedra sin brillo, un pasado glorioso: preciosos palacetes coloniales empapuzados en mármol de Carrara, delicado Art Noveau, edificios a imagen y semejanza de las vanguardias incipientes del Viejo Mundo, adoquinado de piedra -e incluso madera en algunos rincones de la Habana Vieja...

Rafael, nuestro amigo cubano, nos dijo que La Habana era como una vieja ricachona, llena de joyas preciosísimas pero derrotada por la belleza ausente y el tiempo, apenas un reflejo, una imagen trágica y cómica de su antiguo esplendor.

Fachada. Centro Habana junto a Universidad.


También nos dijo que la Habana era una ciudad levantada con mimo y amor.

Rafael y Vidal. Nuestros amigos y anfitriones. Los conocimos la primera mañana que pasamos en La Habana. Rafael, culto y de gustos exquisitos frustrados por el feísmo y la uniformidad del régimen. Vidal, de orígen campesino, una fuerza de la naturaleza en cuanto a voluntad y autorrealización. El viaje hubiera sido distinto sin ellos. Habríamos hecho un viaje de yumas, que es como los cubanos llaman despectivamente a los turistas; viene a significar lo mismo que nuestro españolísimo guiri. Gracias a ellos pudimos conocer y viajar por la Cuba de los cubanos.

Rafael y Vidal + personaje censurado.


Esa mañana, Rafael nos llevó al Museo de Arte Cubano, concretamente a la sala de los pintores de vanguardia. Vanguardia cubana. Contemporánea a las vanguardias históricas europeas pero distinta, y mucho, en forma y contenido. Esta vanguardia, al igual que la europea, explora nuevos lenguajes pictóricos. La temática, por su parte, es puramente cubana, latinoamericana si acaso. La herencia africana, el mestizaje racial, su historia reciente, sus personajes, son temas que se pasean por los lienzos de la sala. Mi favorito: el retrato de José Martí por Jorge Arche.

José Martí por Jorge Arche.


Por la noche, Vidal nos invitó a cenar a su casa. Frente a la bahía de la Habana, al otro lado de la ciudad, en la colina del Castillo del Morro, se levanta un barrio de casas humildes, casi chabolas, llamado Casas Blancas. Vidal vive allí desde hace 15 años. Vino del campo a La Habana y empezó en un pequeño apartamento de unos 35 metros cuadrados. Con el tiempo ha ido construyendo y construyendo. Un corral, una pocilga, otra altura en la vivienda... "Todo lo que ahorro lo gasto en cemento" y todo lo que ahorro, allí, significa mucho esfuerzo y sacrificio. Cenamos en lo que, a partir de Diciembre, será una azotea techada donde habrá dos mecedoras mirando al mar. Cuando lo cuenta la satisfacción de su cara delata que es una meta que está cerca de alcanzar. La vista desde allí es espectacular. Cenamos rico. Lo mejor: el batido de mamei.

La casa de Vidal.


La Habana desde la azotea de Vidal.


La colina de Casas Blancas.


Hay fruta alienígena en Cuba. El trópico aporta las condiciones perfectas para que especies de otros planetas germinen allí. Guayabas, frutabomba y mamei son 3 buenos ejemplos de fruits from outter space. El mamei parece de la familia del aguacate. La piel y el hueso son similares, aunque su carne es roja y dulce. Comido al natural está riquísimo, en jugo (zumo en cubano) delicioso y refrescante, y en batido... mmmm... en mi vida tomé algo más rico.

Al día siguiente, Jason Pana y yo nos levantamos dispuestos a conocer El Vedado, el barrio moderno de La Habana, donde se encuentran los mejores hoteles y los organismos gubernamentales del régimen.

Paseamos por el malecón camino de El Vedado y allí conocimos a Luis, un trompretista entrañable que tocaba frente al mar. Tocó algo de Ellington y cantó una Guajira, creo, nos invitó a pasar por el club donde tocaba y nos dió el teléfono de su mujer, profesora de salsa, no sé muy bien por qué. Le dimos 3 pesos. Todo allí funciona así.

Luis tocando en el Malecón.


Como íbamos sin plano no entramos por el Vedado a la altura del Hotel Nacional, que es por donde deberíamos haberlo hecho, sino por alguna cuadra antes. Nos perdimos. Nada más preguntar la dirección a la que nos dirigíamos -el cementerio de Colón- ya se ofreció un cubano a acompañarnos. Yohainne.

- Hola, yo me llamo Yohainne, ¿y tú?

- Jason

- Yo Otto

- Encantado de conoceros Jason y Yootto.

Así de simpático era Yohainne. De Granma, donde todos son muy machos y dominan a sus mujeres. Aunque a él parecía dominarle la suya que no le dejaba ver a su hija y lo traía por el camino de la amargura. Nos enseñó la caja de condones que llevaba porque ese día había decidido tirarse a la primera que pasara.

-Estoy harto de mi mujer y voy a chingar con la primera que pase- decía.

Yohainne os saluda.


Yohainne pertenecía a una religión cuyo Dios era un hombre, vivía en Miami y se llamaba Jose Luís. No es broma. Sendos tatuajes en los antebrazos lo confimaban.

Nos acompañó al cementerio y a la Plaza de la Revolución, que, todo hay que decirlo, fue una decepción. Nada gloriosa para ser un lugar-símbolo de la Revolución, la plaza desde donde Fidel lanza sus maratonianos discursos. ¿Tan mal están las cosas en ese país que ni siquiera el régimen puede darse bombo y platillo con unos fastos mínimos?

Jason contrariado en La Plaza de la Revolución.


En esa misma plaza nos despedimos de Yohainne y nos volvimos para casa, sudados y agotados. En Cuba sudas con sólo pestañear.

Y por la noche, el colofón de nuestro periplo habanero: el Gato Tuerto. Un club de Jazz y música cubana con una atmósfera muy especial. A mi me recordaba al bar de Bogart en Casablanca, un punto de encuentro internacional sofisticado en el que los problemas quedan al otro lado de las puertas. La artista y la banda fueron muy cálidos y bordaron la actuación. A algunos temas cubanos se le sumaron una excelente versión del Mediterráneo de Serrat y un par de bossanovas como La Chica de Ipanema y Pienso que Voy a Amarte que cantaron en portugués. A las 2 nos recogimos. Nos despedimos de Rafael y de unas amigas brasileñas que nos echamos, y nos fuimos a descansar.

A la mañana siguiente viajábamos al sur de la isla.

martes, julio 17, 2007

Mis disculpas por no haber subido un post diciendo que me iba, un "cerrado por vacaciones" o algo así. El día que me iba no me funcionaba Internet, y luego ya en Cuba descubrí que el cable de red de los ordenadores cubanos va directamente conectado a una rueda que tiran tres mulas de carga. Esto me desanimó bastante a la hora de escribir desde allí.

Lo que quería decir es que ya estoy aquí. Otra vez. De vuelta.