sábado, mayo 12, 2007

Insultos en el ascensor

Era un día del pasado otoño. Madrid bullía de actividad de una forma totalmente antinatural (salgan a la calle un Domingo a las 9 y compruébenlo por sus propios medios). Otto había aparcado su moto, como todos los días -laborales- frente a uno de esos edificios s.XX de aires decimonónicos, inseguros en su propia contemporaneidad, que tanto abundan en el barrio de Salamanca y que a Otto le recuerdan a la Amara donostiarra de su infancia. Como una coreografía repetida ad infinitum, apagó el contacto, se miró en el retrovisor con el fin de arreglarse un poco el pelo aplastado por el casco y se dirigió a la puerta del inmueble.

- Hola Pepe. - saludó al portero.
- Hola Jesús. - respondió él cordialmente.

No piensen que Jesús es el verdadero nombre de Otto, es simplemente que el portero decidió un día unilateralmente que así se llamaba, y a Otto le da fatiga desdecirle. Además, le hace gracia. Tras año y medio, este ritual se ha convertido para Otto en un pequeño pellizco de humor antes de subir a enfrentarse con el infierno en la Tierra.

Subió las escaleras del portal señorial que recuerda a la suit de Scarface -dos escalinatas curvas convergen en una balaustrada central desde la que se accede al ascensor.
Aquel día subió por la izquierda.

Según se acercaba vió como la puerta del ascensor iba cerrándose con la clara intención de dejarle en el rellano. A través del cristal traslúcido intuyó una forma humanoide que le era familiar.

- ¡Feli, Feli! - gritó Otto creyendo reconocer a un compañero.
En respuesta, las puertas automáticas se cerraron tras la manual.

- ¡Cabronazo, hijoputa, cuando suba te meto! - volvió a gritar, seguro en la complicidad que compartía con su compañero.

De repente, una voz que nada tenía que ver con la de Feli, una voz masculina aunque extrañamente aguda respondió:

- ¡¡¡Gilipollas, gi-gi-gilipollas!!! - la voz se le atragantaba por la ira. - ¡¡¡No te he visto, - y sin tener en cuenta la coma que aparece en el diálogo cerró su discurso con un elocuente - gilipollas!!! - que se alejaba desde el ascensor.

Con la capacidad analítica que le caracteriza, Otto dedujo que encajar una agresión verbal gratuíta en horas tan tempranas podía afectar seriamente a locuacidad del sujeto agredido. Después, simple y llanamente pensó: "la he cagado".

Esperó estóicamente a que el ascensor volviera a bajar y cual no fue su sorpresa al abrir la puerta y encontrarse con un hombre de mediana edad, ceño fruncido y bigote.

- ¿Has sido tú el de antes? - preguntó.

Otto, a quien no dejaba de hacerle gracia la historia, puso la mejor de sus sonrisas y se disculpó.

- Perdone, es que me pareció ver a un compañero al cerrarse la puerta y le he insultado en clave de humor. Entiendo que se haya enfadado tanto, supongo que no es agradable que sin más ni más un extraño sin cara le insulte nada más llegar a trabajar. Discúlpeme, de verdad, no había mala intención.

Y aquel hombre indignado relajó el semblante y sonrió. Es incluso posible que a él también le hiciera cierta gracia el asunto, su singular pellizco de humor antes de su infiento en la Tierra particular, aunque eso, Otto, nunca lo sabrá. En aquel momento no dejaba de sorprenderse con lo fácilmente que todo se había solucionado.

- ¿A qué piso vas? - preguntó el hombre anteriormente agraviado.
- Al séptimo.

Subieron juntos, incómodos, pero únicamente por esa tensión característica de los ascensores.

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