sábado, junio 09, 2007

Conectado a la ciudad

La sesión doble se ha convertido en matinal. El verano acaba de empezar y un Viernes por la tarde Madrid se ve asaltado por hordas de terraceros y chicas en tirantes. Quién puede resistirse a eso. Nadie. Ayer, no tuve otro remedio que aplazar mi cita conmigo mismo frente al ordenador, ya que me fue imposible rehusar las proposiciones de No, el niño ensortijado primero y de Melchor Supremo después.

Y es que vivir en Madrid es un idilio contínuo, una relación a largo plazo con sus altibajos y sus peleas y, por supuesto, también las maravillosas reconciliaciones. Así llevo 5 años y medio. Ha habido numerosos conatos de infidelidad por mi parte pero todavía no he sido capaz de dejarla.

Conozco otras capitales europeas pero en ninguna sientes lo que se siente aquí. Eres de Madrí desde el primer día que llegas. La muy coqueta te engatusa con sus malas artes y te hace sentir cómodo en una ciudad frenética, caótica, competitiva, sucia, contaminada y sin puntos de fuga.

Lo primero que eché en falta al mudarme desde Bilbao, fueron los grandes espacios, la relación contínua con el entorno natural más cercano. Desde prácticamente cualquier punto podías ver verde, monte, algo, referencias y evidencias de que aquello no era una urbe sobre una roca flotante. Madrid podría serlo perfectamente. Madrid podría ser todo el mundo conocido. Las únicas referencias que tienes en Madrid, es el Madrid de más allá. Madrid es una ciudad retorcida sobre sí misma en la que tu visión no alcanza un punto, sino que choca contra él. Como decía, en Madrid no hay puntos de fuga.

En espacios como éste la neurosis florece como los almendros en primavera. Y una de las características de esta neurosis urbanita, la más característica quizá, es que es una neurosis amada. En Madrid, como lo he visto en París, en Londres, y sobre todo en Nueva York, somos auténticos yonquis de la ansiedad. El capitalismo se apoya en una constante generación de deseo que nos induce a la compra indiscriminada. Esta jamás nos satisfará y así quedamos anclados en una espiral de ansiedad. En este contexto las grandes capitales aparecen como aquellos templos donde se consagra y se celebra la mística del ritual. Precisamente de ahí viene el nombre capitalismo, de capitales.

Hasta nuestro tiempo libre es fuente de angustia existencial porque hay que llenarlo y la oferta es infinita. En una ciudad como Madrid, las distancias entre los puntos hacen de tu tiempo un recortable infantil, algo siniestro y caprichoso. Los ritmos de la ciudad provocan que te quedes calvo, que las fibras musculares de tu trapecio se contraigan hasta adquirir la dureza del diamante, y sin embargo, la inercia adquiere tal fuerza de empuje que nos arrastra a todos a la sublimación de nuestra energía vital.

Pese a todo es una ciudad cruel, como todas las grandes ciudades. Necesitas una fortaleza interior considerable para desenvolverte en este caos. Un momento de flaqueza y la ciudad te devora el alma. Sin contemplaciones ni miramientos. Es así.

Yo soy un afortunado. Vivo en el centro, mi trabajo queda a siete minutos de casa y me muevo en moto, por lo que el tráfico y el aparcamiento no es un problema. Diría que tengo lo mejor de la ciudad sin lo peor de la ciudad. Moverse a pecho descubierto, sentir el aire en la cara, que Madrid pase delante de tus ojos a 60 por hora, es algo que a veces se convierte en una experiencia religiosa.

Además, si vives en el centro, no vives en una gran ciudad, sino en un pueblito grande donde la gente se habla desde la calle a los balcones. Es un lugar con encanto. Yo adoro mi barrio. Vivo en Chueca. Es un lugar en el que el sexo se respira, en el que el deseo se comparte por osmosis. Algo tan mundano como ir a la compra suele convertirse en un flirteo indiscriminado donde las miradas no te ven, sino que te lamen. La energía sexual de mi barrio podría iluminar África una década. Y eso a mí, que soy un poco puta, me encanta.

Toda esta semana me he sentido conectado a la ciudad, he sentido una especie de comunión con ella. Respiraba con ella, me movía a su ritmo pero con armonía. Es una sensación indescriptible, eufórica a la vez que serena, epidérmica y muy plena. No deja de ser algo un tanto místico y por lo tanto difícilmente verbalizable. Sonará mañido pero me sentía uno con ella. Sin darme cuenta voy echando raíces y aunque no quiera Madrid se ha convertido en un futuro muy posible.

Mamá, lo siento, pero no creo que vuelva.

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