sábado, mayo 26, 2007

De besos asimétricos

En 1950, Robert Doisneau (tss, castellanoparlantes, se lee duanó), inmortalizaba el beso del siglo XX. Un beso pasional, juvenil, en el que él se inclinaba arrogantemente hacia ella, y ella a su vez lo recibía entre cohibida y extasiada. Es una imagen preciosa.

Pero es mentira.

Ya una segunda lectura de la fotografía pone de relieve el contraste entre la pareja -imagen perfecta, cinematográfica, de ficción- y el entorno -accidental, imperfecto, real. Y es que messieau Doisneau no tuvo ningún reparo en crear un, mejor dicho, "el" icono del beso pagando a sus dos modelos (bueno, a ella no sé si le pagó porque en los 90 reclamó los derechos de imagen de los últimos 40 años). El "Beso frente al Hotel de la Ville" es en realidad "Pareja posando frente al Hotel de la Ville".

Hace unos siglos pasaba la noche en casa de una mujer de la que estaba perdidamente enamorado. No era la primera vez que aquello tenía lugar. Anteriormente, habíamos tenido una corta pero intensa relación. No era, como digo, la primera noche que dormíamos juntos, pero sí que era una primera vez teniendo en cuenta que nos planteábamos volver a enredarnos. Bueno, era ella la que se lo planteaba, yo lo tenía clarísimo. Hasta que me reventara el corazón y más allá.

Aquella mañana, desayunando, creo que hubo cierto desencuentro. Yo no lo recuerdo bien, no sé que fue, supongo que no le dí importancia y desapareció de mi memoria mientras terminaba las tostadas. El caso es que fue ese desencuentro el que condujo a... (ups, hay que "tonificar" a esta persona; bien, creo que me referiré a ella como Ingrid la dulce, y digo Ingrid y no Irma).

Como iba diciendo fue aquel desencuentro el que hizo que aquella mañana Ingrid la dulce abriera la puerta de su casa segundos después de que yo la cerrara para besarme en el rellano de la escalera. Supongo que se sentía incómoda por aquella discusión, que yo ya ni siquiera recordaba, y quiso darle carpetazo besándome de aquella manera tan romántica.

Aquel gesto desató mi ficción de amor.

Pero aquel gesto fue completamente asimétrico. El beso fue el mismo, un lazo entre dos mundos, pero el motor que lo provocó no. Para mí significaba potencialidad, esperanza, la posibilidad de expresar y compartir un amor como no había sentido otro. Para ella, creo, que era un beso de redención, su forma de pedir perdón, un gesto movido por la culpa.

Fue el último que nos dimos. Ese fin de semana yo me fui a casa de mis padres encendido como una cerilla y ella conoció a su siguiente novio.

La asimetría del beso de Doisneau radica en la tensión que existe entre la ficción implícita en una imagen tomada de un posado y la interpretación errónea de realidad que se extrae de su mensaje. En el beso del rellano, la asimetría también aparece como producto de la tensión entre ficción y realidad. Mi ficción y su realidad. Si la geometría pudiera explicar aquel beso diríamos que fue un beso tangente, el punto exacto en que dos circunferencias se tocan sin mezclarse.

La asimetría emocional es, a día de hoy, la cualidad que explica todas mis relaciones.

domingo, mayo 20, 2007

El mundo es implacable

En una tipología humana planetaria el mundo bien podría dividirse entre infalibles y asumidores.

Los infalibles presumen de una lucidez que les eleva por encima del común de los mortales -a los que miran con profundo paternalismo- y sienten la necesidad, quizá la obligación moral, de imponer sus criterios de claridad meridiana en favor del bien común. Su palabra es dogma y el tirano humanista su modelo.

Los ausmidores asumen, no la infalibilidad del infalible, sino la asumción de su propio carácter asumidor.

La infalibilidad no viene definida por la capacidad intelectual. Es más bien algo escrito en el código genético. Si el infalible posee una deslumbrante inteligencia posiblemente acabe siendo el líder de una secta con fines lucrativos o el presidente de la ONU, dependiendo de si en su caso la infalibilidad viene acompañada de moralidad o no.

Si hablamos ya de inteligencias comunes, capacidades intelectuales que permitan hilar frases de más de 5 palabras, algunas de ellas compuestas, y hacer que parezcan ideas, entonces, este infalible podría perfectamente ser el líder de la opción conservadora de cualquier país occidental. Aquí en España, el líder de la derecha ha alcanzado ese puesto con un excelente umbral léxico de 15 palabras por frase, aunque en el apartado sustancial, este se reduce a una idea por mitin.

Un infalible cortito siempre será un inadaptado social.

En el caso de los asumidores pasa lo mismo. La asumción viene de serie. Un asumidor inteligente puede ser capaz de escapar de un infalible. Sólo tendrá que decir lo que el infalible quiere oír, mejor aún si aquello que dice subraya la infalibilidad del inflalible. La vanidad es una característica definitoria del infalible.

Un asumidor con una capacidad intelectual común a la media, sufrirá lo indecible discutiendo con un infalible. El asumidor argumenta fiel a sí mismo y a su propia percepción de la realidad. No es todavía lo suficientemente avanzado como para entender la honestidad correctamente, esto es, como una cualidad íntima y personal cuyo único juez es el individuo mismo; para ellos, la honestidad va ligada al honor, y este sólo se define ante terceros. En estos enfrentamientos -los más habituales- el infalible suele moverse en círculos retóricos que van aumentando o disminuyendo de diámetro dependiendo de el cariz de la discusión. Si se impone, sus círculos retóricos serán amplios e incluso elegantes. Si en cambio se siente acorralado en la discusión, estos círculos tendrán un recorrido argumental cada vez más corto. En el momento en que este círculo se convierte en un pequeño puntito el infalible lanza su aguijón y pincha como un escorpión.

Un asumidor cortito siempre será una buena persona.

Infalibles y asumidores se reparten entre los distintos estratos sociales y económicos. Los primeros ostentan, por su propia idiosincrasia, los cargos de poder, mientras que los segundos asumen, frustrados, que no hay nada que ellos puedan hacer para conseguir que un infalible se cuestione su propia infalibilidad.

En este estado de cosas no queda sino decir que el mundo es implacable.

sábado, mayo 12, 2007

Insultos en el ascensor

Era un día del pasado otoño. Madrid bullía de actividad de una forma totalmente antinatural (salgan a la calle un Domingo a las 9 y compruébenlo por sus propios medios). Otto había aparcado su moto, como todos los días -laborales- frente a uno de esos edificios s.XX de aires decimonónicos, inseguros en su propia contemporaneidad, que tanto abundan en el barrio de Salamanca y que a Otto le recuerdan a la Amara donostiarra de su infancia. Como una coreografía repetida ad infinitum, apagó el contacto, se miró en el retrovisor con el fin de arreglarse un poco el pelo aplastado por el casco y se dirigió a la puerta del inmueble.

- Hola Pepe. - saludó al portero.
- Hola Jesús. - respondió él cordialmente.

No piensen que Jesús es el verdadero nombre de Otto, es simplemente que el portero decidió un día unilateralmente que así se llamaba, y a Otto le da fatiga desdecirle. Además, le hace gracia. Tras año y medio, este ritual se ha convertido para Otto en un pequeño pellizco de humor antes de subir a enfrentarse con el infierno en la Tierra.

Subió las escaleras del portal señorial que recuerda a la suit de Scarface -dos escalinatas curvas convergen en una balaustrada central desde la que se accede al ascensor.
Aquel día subió por la izquierda.

Según se acercaba vió como la puerta del ascensor iba cerrándose con la clara intención de dejarle en el rellano. A través del cristal traslúcido intuyó una forma humanoide que le era familiar.

- ¡Feli, Feli! - gritó Otto creyendo reconocer a un compañero.
En respuesta, las puertas automáticas se cerraron tras la manual.

- ¡Cabronazo, hijoputa, cuando suba te meto! - volvió a gritar, seguro en la complicidad que compartía con su compañero.

De repente, una voz que nada tenía que ver con la de Feli, una voz masculina aunque extrañamente aguda respondió:

- ¡¡¡Gilipollas, gi-gi-gilipollas!!! - la voz se le atragantaba por la ira. - ¡¡¡No te he visto, - y sin tener en cuenta la coma que aparece en el diálogo cerró su discurso con un elocuente - gilipollas!!! - que se alejaba desde el ascensor.

Con la capacidad analítica que le caracteriza, Otto dedujo que encajar una agresión verbal gratuíta en horas tan tempranas podía afectar seriamente a locuacidad del sujeto agredido. Después, simple y llanamente pensó: "la he cagado".

Esperó estóicamente a que el ascensor volviera a bajar y cual no fue su sorpresa al abrir la puerta y encontrarse con un hombre de mediana edad, ceño fruncido y bigote.

- ¿Has sido tú el de antes? - preguntó.

Otto, a quien no dejaba de hacerle gracia la historia, puso la mejor de sus sonrisas y se disculpó.

- Perdone, es que me pareció ver a un compañero al cerrarse la puerta y le he insultado en clave de humor. Entiendo que se haya enfadado tanto, supongo que no es agradable que sin más ni más un extraño sin cara le insulte nada más llegar a trabajar. Discúlpeme, de verdad, no había mala intención.

Y aquel hombre indignado relajó el semblante y sonrió. Es incluso posible que a él también le hiciera cierta gracia el asunto, su singular pellizco de humor antes de su infiento en la Tierra particular, aunque eso, Otto, nunca lo sabrá. En aquel momento no dejaba de sorprenderse con lo fácilmente que todo se había solucionado.

- ¿A qué piso vas? - preguntó el hombre anteriormente agraviado.
- Al séptimo.

Subieron juntos, incómodos, pero únicamente por esa tensión característica de los ascensores.

domingo, mayo 06, 2007

Jason Pana y los makis trascendentales

Hay un amigo, muy muy amigo que ha venido hoy de Barcelona. Menos amante, ha sido de todo mío. Últimamente era mi queridísimo vecino del 5º, pero este chico de altos vuelos vive a día de hoy en Barcelona. Y qué quieren que les diga, se le echa de menos.

Damas y caballeros, les presento a...
JASON PANA

Hemos cenado en el Nippon (un japo muy recomendable en la calle de los Madrazos, metro Sevilla, los Domingos a mitad de precio) y entre maki y maki nos hemos puesto al día. Conclusión: a él el paso del tiempo y los cambios que conlleva no dejan de sorprenderle; yo sigo practicando intensamente el bodegonismo (que es algo así como pintar un cuadro hiperrealista cuyo modelo son los deseos de uno, e instalarse allí de alquiler); y los dos nos hemos confesado como fervientes creyentes en la religión del amor, lo cual no deja de ser un problema, ya que si Dios es sólo una idea, y en nuestro caso el amor lo es, resulta imposible tener sexo en condiciones óptimas de deseo y afecto.

No es sino por Jason, que mi ToNIS (Todos Necesitamos una Identidad Secreta) es Otto Lidenbrock, el científico que creyó y bajó al centro de la Tierra en la novela de Julio Verne. Una vez, Jason me dijo que bajo nuestros pies bien podía existir una realidad paralela llena de dinosaurios. Esta afirmación deja de parecer un sin sentido al azar si se tiene en cuenta que en ese preciso momento paseábamos por una galería del Museo de Historia Natural de Nueva York llena de huesos de aquellos antiguos lagartos sin alma. Yo le reprendí seriamente con la ciencia en la mano. 5 años después sé que no era tan importante demostrar que aquello era imposible. Ahora entiendo, si es que lo entiendo, que lo importante para él era creerlo, pensarlo.
A este Otto, al que escribe, le encanta pensar que cree.

Cómo veís Jason Pana es un personaje fundamental en la vida de Otto Lidenbrock.
Y esto bien merece hacer las presentaciones adecuadas.

PD.: Jason acaba de llamar al telefonillo de mi casa. Se queda a dormir. En la casa donde pensaba quedarse hay ratones.