
Después de muchos muchos años (18), mi historia de amor, mejor dicho, de dependencia absoluta con el objeto de arriba, llega a su fin.
Dentro de 4 horas y 40 minutos, tecnología láser puntera tallará unas lentillas en el cristalino bajo mi córnea. Viva la biónica.
Así que dejo de ser Clark Kent y paso a un estado continuo de supermanismo, bueno de manismo a secas. Pero de manismo sin taras.
Los que me conocen, mis compañeros de trabajo sobre todo, están asustados porque tienen miedo de no acostumbrarse al Otto post Kent. Creo que ellos lo han visto siempre como un signo de identidad, uno de esos complementos que usamos para gritar al mundo lo qué y quiénes somos. Puedo asegurar que llevar durante 4 años gafas de pasta negra, y trabajar en lo que trabajo, te define aunque no quieras. Y no, hijos míos, para mi las gafas siempre han sido una muleta. Así que os podéis imaginar lo contento que estoy de poder volver a andar, digo a ver.
Ahora una pequeña historia que os hará una idea de por qué me alegro tanto de quitarme las gafas:
En el instituto jugaba al Volleyball. Dada mi estatura mi puesto en el equipo era colocador (el que le pone el balón a huevo al rematador para que lo reviente contra el suelo del contrario). Era la final de un torneo, quinto set, bola de partido. Tras un tenso y corto peloteo, de repente el balón quedó flotando sobre la red. El tiempo se detuvo. Nadie de mi equipo podía llegar a ese balón. Sólo yo. Cómo os decía, yo no solía rematar pero aquello era un momento decisivo. El momento decisivo. Esos momentos que en ciertas películas de los 80 pasan a cámara lenta.
Así que salté, a cámara lenta, arriba, arriba como nunca lo había hecho, giré elegantemente en el aire -los colocadores estamos de espaldas a la red-, y levanté mi brazo derecho, también a cámara lenta. Parecía que no iba a llegar al balón, pero lo hice. Lo rocé con las llemas de los dedos. Éste no debió sentir todo el impulso que le quería transmitir y simplemente cambió de trayectoria. Una trayectoria directa a mi jeta. El balón me golpeó, yo, desequilibrado, caí al suelo y cuando aterricé las gafas habían tomado una posición ridícula en mi cara (torcidas, un cristal sobre un ojo, el otro sobre la ceja, patilla izquierda tras la oreja izquierda y patilla derecha sobre oreja derecha, doblándola). Además el balón -que no había pasado la red- ya rendido, cayó sobre mi cabeza como última broma humillante. Una auténtica imagen épica de victoria, ¿no creeis?. Perdimos aquel punto y yo la diginidad, pero finalmente ganamos el partido y la única competición deportiva que he ganado en mi vida.
Y para acabar dos reseñas bíblicas, que aunque soy ateo, mi educación fue católica apostólica y romana y, hasta que llegaron las pajas, fui el niño más beato, repugnante y repipi que os podáis imaginar.
"Lázaro levántate y anda"
Evangelio según San Juan 11, 38.
"Era ciego y ahora veo"
Evangelio según San Juan 9, 25.
Os "veo" en cuanto pueda volver a encender el ordenador.

3 comentarios:
Dejarás de ser un popero con gafas de pasta y vespino. Te daban un aire diferente.
No te preocupes, te lo recitaré cuanto te vea. Hasta entonces que todo vaya bien.
Besos
ASM
Es una vespa, no una vespino, maldita.
bss.
Yo es que sin gafas no se distinguir entre Vespa y Vespino...
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